
Cuando apareció la Ley de Medios era lógico que se planteara el debate, que llega intacto hasta nuestros días, entre defensores y detractores de la norma.
Pero había una trampa, que algunos advertimos y otros desmintieron.
La malas intenciones detrás de los buenos objetivos, esparcen, licuan y disuelven los efectos gratificantes que tiene una ley, cuando se descubre el uso, prácticamente indisimulable que le van a dar. Sobre una supuesta democratización de las comunicaciones, la pluralidad de voces y el fin de los monopolios, se pretende concentrar el poder mediático en el gobierno a través de sus bocas de expendio pagas que hablan de la Argentina como el país de las maravillas y entierran los malos tragos que les puede dispensar la realidad misma del país
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