
Las opiniones mencionadas al tomar estado público se vuelven materia de debate para cristalizarse en demandas (inputs) al sistema político. Este, mediante su aparato institucional debe dar respuestas (outputs) a la sociedad, constituyéndose entre aquella y "los políticos" una relación de feedback constante (Easton, 1979).
Ahora bien, a fines del presente, creemos fundamental rescatar la intervención de los medios en el proceso de constitución/divulgación de las "opiniones" o "preferencias" dado que estas se encuentran en la base misma de la democracia tal como la hemos definido. Es en este punto que el pionero análisis de A. de Tocqueville se vuelve particularmente iluminador.
La obsesión del teórico francés en la búsqueda de los factores que hacían viable la democracia en EE.UU. a finales del siglo XVIII hace que pose incesantemente su mirada sobre una de las diferencias fundamentales con su Francia natal. Nos referimos a la igualdad, la ausencia de la lógica aristocrática, en la sociedad norteamericana.
"(…) ninguna cosa me sorprendió más que la igualdad de condiciones. Descubrí sin dificultad la prodigiosa influencia que ejerce este hecho en la marcha de la sociedad… crea opiniones, hace nacer sentimientos modifica todo lo que no es productivo" (Tocqueville, 1998: pp. 31).
La uniformidad de los ciudadanos conduce a la inexistencia de notables, personalidades o autoridades fuera de lo común que puedan establecer lo que hoy denominaríamos corrientes de opinión. Por otro lado la igualdad misma condiciona que el criterio primordial a la hora de dirimir los conflictos sea el cuantitativo. Uno de los pilares democráticos es la soberanía de la mayoría, su contra cara es cuando este poder se vuelve incontrolable. Bajo estas condiciones Tocqueville identifica dos problemas: primero, que la que la minoría sea constantemente acallada; segundo, que la inestabilidad propia de los humores sociales hagan imposible la administración gubernamental. Ambos "vicios" tendrán directa vinculación con la problemática de la prensa (medios de comunicación), pasemos a fijar nuestra atención sobre ello..
La relación mayoría-minoría es abordada en forma similar a como contemporáneamente y con mayor refinación argumental lo hiciera Noelle Neuman. La opinión pública es la cuantitativamente dominante y por tal carácter "públicamente expresable" sin temor a sanciones (Noelle Neuman, 1997). Conforma una suerte de religión de la cuál la mayoría es su profeta, estando dotada de un poder casi irresistible por el cuál:
"(…) vuestros semejantes (mayoritarios), huirán de vosotros (disidentes) como seres impuros, incluso cuando crean en vuestra inocencia los abandonarán, para que no se huya asimismo de ellos". (Tocqueville, 1998: pp. 95).
La constitución y durabilidad de los "climas de opinión" (Monzón Arriba, 1990) será en el abordaje tocquevilliano una de las principales funciones a cargo de la prensa.
"Cuando un gran número de órganos de la prensa llegan a marchar por la misma vía, su influencia se hace casi irresistible y la opinión pública acaba por ceder" (Tocqueville, 1998: pp. 263)
De este modo la capacidad de influencia sobre las opiniones cuando es ejercida por "acumulación" y "consonancia" (Noelle Neuman, 1997) cristaliza corrientes de opinión, materializa las preferencias para que la sociedad civil las presente al sistema político y este le de respuestas. Vale decir, que en el proceso de construcción de demandas dentro de una democracia el rol de los medios de comunicación fue observado desde el siglo XVIII. La prensa (partidista, en su mayoría) era instrumentalmente aprovechada por líderes de grupos de interés que, por su intermedio, amplificaban su voz.
Junto a ello otra función le era atribuida: la prensa como "guardián" de la sociedad civil frente a los eventuales atropellos del poder político:
"(…) única garantía de libertad y seguridad cuando el poder viola la ley y nadie puede recurrir a la justicia", (Tocqueville, 1998: pp. 198)
Este es el sentido que Dahl en su definición le daba a la necesidad de "fuentes alternativas de información", a los canales independientes- de expresión/construcción de preferencias como control sobre eventuales excesos del poder político. Esto es lo que creemos fundamental fijar en esta parte introductoria del presente trabajo. En relación a la democracia, como ha sido definida, la intervención de los medios de comunicación es crucial a la hora de solidificar los tres pilares para la plenitud de la poliarquía. Concretamente me refiero a la construcción, expresión y garantía de igualdad de (y entre) preferencias; hablamos del modo en que la sociedad participa de lo político.
En el fondo de la reflexión previa parece navegar la idea de la separación radical entre sociedad civil y política. Los medios de comunicación serían herramientas que la sociedad utiliza para constituirse en demandante de lo político
No se trata que los medios no influyan sobre la arena política, sino todo lo contrario. Y tal capacidad parece depender justamente de su exterioridad. Al no pertenecer, están por fuera de los actores políticos estatalmente reconocidos y pertenecen a los agentes sociales, que al ser exteriores pueden presionar al sistema con sus demandas y apoyos.
Es en esta lógica en la que se inscribe la competencia por la construcción de agenda y toda la investigaciónde "agenda setting". ¿Quién fija prioridades? ¿Son los medios o los políticos los que determinan lo políticamente importante?
Se conforma un juegodonde en tanto herramientas para construcción de "alternativas" en el plano social buscan referirse a la esfera política. Incluso al punto de poner en jaque la capacidad de respuesta del sistema político mismo como sagazmente expone Minc (1995) al oponer la democracia de la opinión pública con la tradición representativa. O al construir su legitimidad discursiva por oposición a la política (Uriarte, 2001 y Alak, 1999).
Pero podríamos darle una vuelta de tuerca más al razonamiento. Pensemos entonces que los medios tienen por sus características la potencialidad de ser una herramienta para la construcción de corrientes de opinión tal como fue expuesto. Y que por tal potestad se conviertan en el escenario por excelencia de la competencia democrática Ahora bien, por qué no pensar que tanto políticos como periodistas pelean (Swanson, 1995), incluso negocian (Verón, 1989), por el uso de tan poderosas herramientas. Esta, en definitiva, sería una forma más refinada de sostener la oposición anterior, habría una suerte de juego por el cuál ambas esferas (política y civil -representada por los periodistas-) batallan por el órgano productor/pregonador de "alternativas" para la democracia poliárquica. Ahora, ¿no es legítimo pensar que los medios tengan un mayor grado de autonomía que impida concebirlos como meros instrumentos/escenarios (incluso de los periodistas que los operan)? O dicho de otro modo, ¿el grado de poder que los medios devenidos en multimedios (2) poseen en términos de creación de "climas de opinión", no es un elemento que los erige como actor independiente generador de "sus" propias "alternativas"?
La hipótesisdel presente trabajo es que los medios de comunicación, aún sosteniendo el concepto de democracia enunciado, son actores tan políticos como los sistémicamente reconocidos y que la actual discursividad audiovisual plasmada en la hegemonía de la TV como dispositivo informativo potencia su poder y destruye la división binaria sociedad civil – política para incluir a los medios como un tercer polo, o que bien podríamos mantenerla pero al costo que lo mediático se incluya dentro del campo político.






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